El Presidente Obama se volvió a dirigir a la nación en referencia al tema del frustrado atentado del joven nigeriano contra un avión estadounidense. En este caso, para dar más detalles de la investigación sobre lo que sabía el gobierno de Estados Unidos, sobre por qué falló el sistema de inteligencia y sobre lo que se hará para en lo posible evitar una situación similar.
Hay varias cosas que llaman la atención sobre lo dicho por Obama, en particular su sinceridad, el de hablar directamente sobre los problemas y deficiencias de las agencias de inteligencia del gobierno y de aceptar responsabilidad como máxima autoridad ejecutiva.
Igual de importante fue el hecho de que Obama dijera públicamente la frase de que el país está en guerra con Al-Qaida. Esto es algo que a muchos les parecera obivio ya que siempre hemos sabido de la amenaza que representa Osama Bin-Laden y compañía.
A otros, tales como los críticos republicanos del presidente, en particular el ex Vice Presidente Dick Cheney, el que Obama nunca aceptara o dijera esta frase significaba que el mandatario no entendía -o no quería entender- la magnitud del problema del terrorismo.
Esperemos que ahora se baje el tono de las críticas -claramente con una motivación política- y se deje que las agencias de inteligencia hagan su trabajo. No se gana nada en términos de mejorar la seguridad de la población con ataques partidistas. Más claro no pudo ser Obama: no sólo dijo lo de que se está en guerra sino que aceptó que la responsabilidad reacae sobre sus hombros.
Hay otro elemento que vale la pena traer a cuento sobre lo dicho por Obama, y es el referido a que no obstante que se está en guerra y que hay mejorar el trabajo de inteligencia y las medidas de precaución en aeropuertos y demás, todo esto no tiene que ser nunca pretexto para negar los principios y tradiciones que marcan a la sociedad estadounidense. O mejor dicho, no se vale utilizar el pretexto de que como hay que combatir a Al-Qaeda hay que suprimir libertades y derechos individuales, torturar y demás cosas que sucedieron luego de los ataques del 9/11.
“Naciones grandes y orgullosas no se arrinconan y se esconden detrás de paredes de desconfianza y sospecha”, dijo Obama.
No entraremos al detalle de lo que pasó con el joven nigeriano antes del fallido atentado ya que lo hemos examindado en anteriores entregas. Hoy simplemente se confirmó lo que se había filtrado a la prensa: la CIA y otras agencias de inteligencia tenían suficiente información para “atar los cabos” y concluir que se planeaba un atentado terrorista. Si los analistas de inteligencia hubiesen atado los cabos, nunca se le hubiera permitido al joven nigeriano abordar el avión con destino a Detroit.
En días como este uno valora la honestidad del presidente Obama. Más allá de si uno está de acuerdo con él o si se es un visceral crítico de sus políticas y de su accionar, hay que preciar el sentido de dignidad, de liderazgo, de modestia incluso en sus palabras. Se metió la pata, se harán las correciones necesarias para en lo posible no vuelva a suceder y en el futuro se pedirá cuenta a los responsables.
En una entrega anterior decíamos que alguien tenía que cargar con las consecuencias políticas del fiasco, en otras palabras, que alguien debía de renunciar o ser despedido de su cargo. Obama se refirió a esto señalando que nadie perderá su puesto ya que el problema fue “sistémico”, es decir no fue responsabilidad de alguien en particular sino de la manera como opera el sistema de recolección, distribución y análisis de inteligencia. Le tomamos la palabra al presidente. Aun más, considerando que él mismo tomo responsabilidad por lo sucedido. Un aplauso a ese sincerarse con el público.

Escrito por Carlos Rajo 

